domingo, 24 de enero de 2010

El Roce

Me esperaba un largo viaje, con trasbordo incluído. Para variar leía poesía, haciendo un juego de palabras entre los dos autores. Me encontraba concentrada en mi labor, más como diversión que ejercicio poético, cuando el puesto del lado fue ocupado por un hombre alto y fornido, situación que me obligó a pegarme a la ventanilla para darle espacio. Estaba tan entretenida con el jueguito que ni siquiera lo miré.
Empezó a conversar con el vecino de la otra silla. Por unos pocos minutos escuché que el que estaba primero le dijo: -Ve me enteré de la muerte de tu papá, lo lamento mucho, era un gran tipo.
-Si se enfermó de gravedad y no pudimos hacer nada. ¡Que lástima de mi viejo.-¿Y a vos como te trata la vida?

-Pues bien hermano viajo para la costa a visitar a un hijo que trabaja en Cartagena.
Fue lo único que escuché de la conversación, concentrándome de nuevo en la lectura.
De pronto me di cuenta que los hombres ya no estaban hablando. A causa de la estrechez del asiento percibí que su pantalón rozaba mi falda a la altura de nuestros muslos. El movimiento del bus hacía que sintiera un agradable cosquilleo.
Traté de alejarme lo más posible de la inquietante proximidad cambiando de puesto, pero recordé de inmediato que todos estaban ocupados.
Resignada y muy complacida permití que las cosas siguieran en igual forma.
Habíamos recorrido otro trayecto; un tanto cansada de la posición traté de cruzar la pierna. Al no tener espacio simplemente la apoyé sobre la otra, y fue en ese momento cuando se unieron nuestros muslos a través de las telas. Sentí una oleada de calor que subía desde los pies hasta las caderas, en una deliciosa explosión de placer.
Unos minutos después el bus se detuvo. Habíamos llegado a Pereira. Entonces fue cuando nos miramos por primera vez. En el fondo de sus ojos verdes alcancé a vislumbrar una chispa de deseo. De inmediato supe que él había experimentado la misma sensación.
Me miró fijamente diciéndome:
-¿Y vos para donde vas?
-Para Bogotá, le respondí casi en un susurro... ¿y usted?
-A Medellín. me contestó con marcado acento paisa
Se levantó del asiento y con dos dedos se tocó la frente como signo de despedida.
-Este ni ningún otro camino nos encontrará de nuevo.

1 comentario:

Estrella del mar dijo...

Qué bello relato, ¿sacado de la realidad?
un fuerte abrazo